miércoles, 24 de agosto de 2016

Apatía.

Evitar las malas compañías: gente viciosa y destructiva, cuya órbita es venenosa y deprimente. Compañías de zombies, seres cuya alma está muerta, aunque su cuerpo está vivo.
 El arte de amar, Erich Fromm
 

Ahora tengo este aparato entre las manos, negro, de reflejos plateados. De antiguos reflejos plateados, cierto, ahora es un tubo roído a intervalos de sucia plata. Y, ¿qué hago? Oh, sí, me dejo llevar, es la apatía, y el pensamiento se transporta harto de cansancio y explora otras cosas. Bajo la bruma sonora, como un refugio, como un autómata con su aparato, hastiado, angustiado, apático.

Luego es necesario atender a ciertos convencionalismos, afirmar sin saber qué te han preguntado, participar en la medida de lo posible de conversaciones triviales, estúpidas, huecas. "Buf, qué frío hace". Después regresamos, el fútbol suena en la radio, algunos gruñidos incomprensibles o mismamente triviales, como antes. La apatía, el silencio, yo callo y observo con pena la patética escena. Me invita a huir, a fugarme inventando, a escapar imaginando a cualquier lugar que no me haga partícipe de este teatro funesto. 

Llego a casa y me quito la corbata. La dejo donde estaba.

martes, 5 de julio de 2016

Amor


Estás en un rincón de la cama, deshecha, hundida, ahogada en lágrimas delante de mí y no puedo hacer nada, solo esperar, solo consumirme en el suelo mientras lo golpeo sin cesar y me retuerzo de dolor y lleno de gritos el vecindario que escucha la patética escena. Solo me queda soportar la impotencia de estar cerca de lo que más quiero y a la vez tan y tan lejos. Me convierto en una criatura indefensa que se resigna a su trágico destino y se rinde sin poder hacer nada, sin tan siquiera abrazar a quien sabes que más lo necesita, a quien sabes que tan solo busca el calor de un abrazo cálido como la más pura y blanca luz.

Y luego resucito. Mi luz vuelve a iluminarme y se me acerca y me limpia las mejillas, me aprieta fuertemente contra su pecho en un tierno abrazo y con una voz suave me dice que no llore. Ahora me miras a los ojos y esbozas la más mágica, sincera e inocente de todas las sonrisas. No puedo más que callar y contemplarte, llenar mis ojos ahora de alegría, recorrer con la vista tus mejillas sonrojadas. Esa mirada vence al tiempo, lo significa todo, en su silencio todo lo dice, una mirada que únicamente es amor y que prende una llama que se encuentra en lo más hondo, que me dice “te quiero” de la forma más sencilla y hermosa. Y de pronto nos reímos por cualquier cosa tonta, nos sonamos los mocos como niños el uno al otro, con el mismo pañuelo, y nos abrazamos. Nos hacemos más fuertes con cada bache.

Mi jardín está lleno de rosas. ¿No es un descubrimiento magnífico? Seguramente lleven ahí desde la primavera, pero yo las he descubierto hoy, maravillado. He subido por la pequeña cuesta y me he acercado para verlas más de cerca. Me sorprendo sonriendo y descubro que soy feliz, más feliz que nunca.

Gracias.

miércoles, 22 de junio de 2016

Pisar

Ya el acto de poner en contacto ambas superficies, la de la piel de la planta del pie y la del alicatado mugriento de la cocina, supone un placer tan auténtico, tan efímero y tan gratuito que es hasta hermoso, mágico, asombroso. Así que me levanto entre sábanas sudorosas, ambientado por el periódico, metálico y extraño ruido del chocar de las persianas con el cristal, aún con la bruma del adormecido en la cara y, en ese momento, piso. Piso el suelo fuerte, piso el frío suelo y prosigo en el pisar, una y otra vez piso, repito el gesto, el danzante movimiento de pisar, pisar y pisar. E invadido de una ancestral alegría abro lo ojos maravillado tan solo por el pisar; pisar y palpar con el pie resbaladizo el tacto de la autenticidad; palpar y pisar con la desnudez explícita de un pie amotinado e imparable, que no cede en su empeño de seguir pisando; pisar y contemplar cómo va tornándose paulatinamente negruzca la parte de debajo del pie y ,entonces, recordar pisadas de la infancia, recordar pisadas de todas las clases: blandas, duras, suaves y rugosas, dolorosas y puntiagudas, incluso sangrantes, pisadas que se deslizan, pisadas omnipotentes… Pisar y pisar hasta estar frente a frente con el frigorífico y beber el brick de leche frío y de forma triunfante para volver pisando fuerte y derechito al comedor, hasta el sofá, hasta encontrarse uno con la pausa del ambiente del salón a una hora prudente de la mañana.
Para mí el tiempo no pasa mientras bravuconamente piso, no pasa para mí, habiendo terminado exámenes, teniendo la mente tan dispersa ya que puede hasta deleitarse en ese anodino hecho. Pero en el salón aún hay quien sigue de exámenes, quien no puede compartir estos momentos de estúpida felicidad. Así que ahora piso prudentemente de puntillas hasta el sofá y me acomodo, me estiro y gozo del tacto blando de los cojines. Pero en silencio, que aún hay quien estudia.

jueves, 26 de mayo de 2016

En el ojo de la tormenta


Hay personas que te turban, que te inquietan, por las que te sientes extrañamente atraído, atraído por su mente, por su ser que ahí dentro yace en el mismísimo fondo de la tormenta; y buscando un pequeño intercambio de palabras estúpidamente sueltas cualquier cosa con afán de parecer mínimamente interesante. Esas personas pueden ser aún más estúpidas que las palabras que has soltado para cautivarlas. Pero te da lo mismo, solo quieres saciar la curiosidad del espíritu, algo así como una sensual conexión entre almas que no puede estar más alejada de la carne, de la mera atracción sexual. Es un bello paseo entre almas libres e inocentes, sensibles criaturas que aún buscan su lugar en este mundo y se confortan al encontrarse en la misma situación.

martes, 10 de mayo de 2016

La espinita de la nostalgia.

 
Mi nombre siempre le ha parecido raro a la gente, o ha despertado curiosidad como mínimo. Hay personas a quienes incluso les sonaba divertido. Tiene sus puntos a favor: la gente suele acordarse de él. Aunque lo más normal es que se acuerden de que mi nombre sonaba extraño pero no se acuerden de cómo era realmente y entonces inventen versiones de lo más divertidas. Derivados de frutas, hortalizas, hasta juegos bastante estúpidos de palabras, incluso. Añaden letras, sílabas, o las quitan. Tomé, Tomeo, Tomero, Tolomeo, Timoteo, Romeo, Romeu, Tomás, Tadeo también… y un largo etcétera. La situación suele ser la siguiente:
 
-Hola, soy Tomeu-.

-¿Qué?/¿Cómo?/¿Tomeu, has dicho?-.

-Sí, Tomeu, con “u” al final-.

-¿Es portugués o algo?- me dijo un profesor de historia el mes pasado. Se lo conté pero no me prestó demasiada atención. Pero luego se acordaba de mi nombre perfectamente, y me hacía gracia. Bueno, o como he dicho antes, se acordaba de que era algún nombre raro.
Lo siguiente es explicarme, sí, bueno, es que soy catalán, de Barcelona, y vivo en Soria pero he acabado estudiando en Valladolid y…
 
-¿Y qué haces aquí?- esta es un poco fulminante porque es una pregunta que hasta yo mismo me hago y acaba por revolver mis entrañas.
-¿Y qué opinas de la independencia de Cataluña?- esta me la ha hecho algún portero de una discoteca después de que le enseñara el DNI.
- No jodas… ¿eres mallorquín? Ese nombre es de Mallorca–. En ese momento se me iluminaron los ojos. Puede que incluso se me humedecieran. Lo que estaba claro es que no podía ocultar mi sonrisa. Qué cosa tan maravillosa. Qué pequeño y hermoso suceso. Qué pequeña casualidad tan oportuna… Ambos, divertidos, un tanto asombrados, con la espinita de la nostalgia dejándose entrever y vibrando ligeramente conmovida en nuestro interior. Me hizo especial ilusión escuchar unas pocas palabras en mallorquín, fue como un suave cosquilleo placentero de un sonido familiar y lejano, íntimo.

lunes, 14 de marzo de 2016

Pasar y huir.

No éramos nosotros, era la atmósfera de la sala que estaba adormecida y se pegaba en la piel, subía por las paredes. Nosotros no podíamos hacer nada. Solo esperar tumbados en el colchón mugriento y tan apetecible a que llegaran los kebabs mientras dejábamos diluir el tiempo, riendo de vez en cuando, a ratos callando y dejándonos llevar en un silencio cómodo. En esos momentos, uno posee la extraña cualidad de abstraerse completamente, como de pasar a un segundo y extraño plano, contemplar los felices rostros de quienes te rodean, contemplar cómo avanza el lío en el que nos hemos visto involucrados, sin posibilidad de rechazarlo, sin tiempo para detenerse si quiera a escoger adecuadamente y, ya sin habernos dado cuenta, pasar al inmediato y siguiente instante, unos segundos más viejo, ineludible, inexorable, inapelable; y quedan pequeñas estampas difusas que te provocan un pequeño y fugaz escalofrío, quedan gestos, gestos en instantes que solo el azar quiso poner en su lugar.
 
¿Y es que nadie ha pensado en el inconveniente de haber nacido? Tampoco debemos, es una batalla perdida. Y es en un paseo, con la realidad fría del aire de cada mañana, como un sollozo húmedo chocando en tu piel, cuando, caminante, te de das cuenta en todo tu silencio de que solo has venido aquí de pasada y de que solo sabes (y puedes) seguir, sin saber adónde, pero seguir, seguir y seguir.
 
Me gusta cambiar siempre de ruta, ver piedras viejas que ya roídas yacen sus esquinas por la erosión, esquivar gente ocupada, ajetreada y con un destino fijo y seguro (¿para qué?) y ver, a veces, y por suerte, un cachito de azul del cielo entre algunas nubes blancas: la simpleza.
 
Me gusta jugar a haber podido adivinar el destino, verme en cualquier otro lugar. Pero siempre pienso que cualquier fantasía es menos perfecta que la mía y propia, la que encierran mis días cotidianos. Solo es el contemplarlos, fijarse en las minucias y sorprenderse de la belleza.
 
Pasar y huir, esa es una máxima. No esperar nada, tan solo creerlo todo, o huir de ello, o no creer en nada; definitivamente, pasar por en medio sin saber cómo.
 
Extender las velas al cielo y llenarlas de posible espacio. Y tiempo. Dejar volar la mente. Dejar que vuele todo.
 
Alguna vez caes, te acercas, sientes el rozar de la tierra, de la arena, del suelo, que ahora arde como las sábanas, la carne. Ardes como ellas, te entrelazas, te enredas. Pero sigues… ¿Seguirás? ¿O te quedas, caminante?
 
Pasar y huir, esa es la pregunta y también esa es la respuesta.
 

miércoles, 17 de febrero de 2016

El caos se resuelve con espuma.

Hay hechos sorprendentes que solo atiendes a su existencia si te detienes cierto tiempo, con tranquilidad admirable, y prestas absoluta atención a los pequeños detalles. Si llegas a tal punto, consideras lo siguiente: No cabe posibilidad alguna de aferrarse a nada, ni siquiera a un clavo ardiendo que se yerga como castillo inexpugnable para la razón; en ese caso, el viento de las casualidades lo derribará como si se estuviera tratando de un castillo de naipes. Y te das cuenta, seguidamente, de tu desnudez.
 
Varios ejemplos:
 
Entré en un chino a comprar un rollo de plástico de embalar de burbujitas de aire. Mientras me detenía junto al estante a recoger lo que andaba buscando, entró una mujer mayor, viejecita, pidiendo a gritos, por favor, un abrecartas. El dependiente no entendía bien qué era aquello que le pedía la señora y en un ataque de pragmatismo chino le señaló unas tijeras.
 
Existe un bar en el que, si quieres emprender tu viaje a los baños, has de pasar necesariamente por unas escaleras y, en un exacto punto en el que convergen (para algunos) misteriosas fuerzas paranormales, has de agachar la cabeza para no darte un golpe. Supone una prueba memorística indiscutible para aquellos clientes habituales y olvidadizos. Sin embargo, en vista de amargas experiencias, se optó por colocar una espuma amortiguadora en ese lugar justo en que la cabeza vendría a impactar melodramáticamente.
 
Un hombre decidió que escupir a la derecha era la mejor decisión que se podía tomar justo en el mismísimo momento en que le avanzaba yo, con paso firme, por ese lado. No había tenido en cuenta esa posibilidad. Me miró aturdido, medio disculpándose. Yo simplemente quedé maravillado ante la mágica sucesión de casualidades.
 
Fuimos a desayunar mi hermano y yo. Pedimos un croissant con mantequilla y mermelada, crujiente, tostadito. Mientras mojábamos la puntita del croissant en el humeante café con leche, supongo que quiso el universo conspirar para que se alinearan mágicamente los astros: a la hora de pagar el magnífico desayuno, descubrimos que un misterioso caballero ya había saldado esa cuenta por nosotros.
 
Una vez me tomé un café tan malo en la facultad que con alegría pude decirme a mí mismo que el que hacía yo en casa era infinitamente mejor.
 
Caminando, aborreciendo el cielo gris, nublado, la lluvia fina y molesta, el semáforo que acababa de ponerse en rojo y el pesar de mi pensamiento, al alzar la vista, unos ojos fugaces y una sonrisa anónima al otro lado de la acera. Tampoco era tan mal día, al fin y al cabo.